viernes, 5 de diciembre de 2014

Rosa Galcerán, la fuerza y la minuciosidad narrativa. Por Marika Vila


Hace un año me felicitaba y felicitaba a mis compañeras al iniciarse un esperanzador proyecto de futuro para las mujeres del cómic. Con el nacimiento y puesta en marcha de la Asociación de Autoras de Cómic (AAC) y con la ratificación de sus objetivos al crear un premio de honor para dar reconocimiento y visibilidad a nuestras predecesoras pioneras, dábamos un gran paso en el rescate de una genealogía vital. El acontecimiento se inauguró con la concesión del Premio Honorífico de la AAC a Núria Pompeia, pionera en la autoría feminista, simbolizando en ella nuestro compromiso con el empoderamiento de espacios de proyección en el mundo del cómic. Un año después, la AAC otorga ya su segundo premio y la autora escogida para recibir su homenaje ha sido esta vez una gran artista veterana, Rosa Galceràn Vilanova, (Barcelona 1917) pionera que encontramos entre las firmas de autor ya en la etapa republicana.


Esta gran profesional se inició en la historieta comercial en una época crítica, la guerra civil, cuando había que cubrir las vacantes dejadas por los hombres, pero su resistencia creó y mantuvo un espacio importantísimo en la profesión durante más de treinta años y su trabajo motivó la vocación y la profesionalización de muchas de sus lectoras.

Formada en la Escuela de Artes y Oficios Llotja de Barcelona, Rosa Galceràn fue alumna del escultor catalán Frederic Marés, la influencia del cual podemos percibir en la solidez estructural de su dibujo y en una preocupación formal, perfeccionista y ordenada, en el desarrollo discursivo de la narración gráfica. También el movimiento romántico dejó su impronta paisajística en la precisión idealizada de sus fondos, exquisitamente trabajados. La construcción bajo el dibujo, tanto como la preocupación por la obra bien hecha, la distinguen muy especialmente marcando la personalidad de un trazo que, por otra parte, resulta análogo en cuanto a solidez o fuerza –cualidades consideradas masculinas– al de cualquiera de sus compañeros. Con estas características –aunque siempre dentro del marco que el género le permitía– se formó el indiscutible estilo que lideró la introducción de las historietas para niñas en los cuadernillos de cuentos de hadas de la colección Azucena (Ediciones Toray) de la que esta autora fue alma mater durante casi treinta años.

Pero Rosa Galceràn empezó a publicar mucho antes, en 1937, durante la guerra civil, en la revista libertaria Porvenir, órgano de la Federación de Escuelas Racionalistas de Cataluña, dedicada a los niños obreros y campesinos. Recogía así la tradición socialmente comprometida de sus antecesoras, Lola Anglada y Pitti Bartolozzi, primeras plumas femeninas en la historieta española. Aunque siempre ha sido una excepción llena de dificultades la incorporación de las mujeres a esta profesión, cada época ha presentado problemáticas diversas que hay que contemplar, pero la constante ha sido siempre la desaparición de sus huellas, motivando así la excepcionalidad de cada nueva aparición femenina.

Según la misma Rosa Galceràn llegó a comentarnos con motivo de la exposición Papel de Mujeres (1978) la situación bélica favoreció fundamentalmente sus inicios en la profesión, ya que la mayoría de hombres estaban en el frente y las mujeres, como sucedió en otros ámbitos, tuvieron un acceso inusitado a unas publicaciones huérfanas de dibujantes. Por esta causa desde el principio estuvo muy solicitada por las editoriales, pero el lugar que acabó acogiéndola -una vez recompuesta la situación en la dictadura- fue el campo segregado de la publicación femenina que la ha marcado con la invisibilidad, como a tantas otras mujeres en las distintas profesiones dominadas por el masculino. A pesar de esta circunstancia, la labor de Rosa ha sido una extensa y destacada obra que espera reivindicación. 


Es poco conocida también la trayectoria de Rosa Galceràn como pionera en las primeras películas de animación: El capitán Tormentoso, Garbancito de la Mancha y Alegres vacaciones, donde trabajó junto con su compañero de la revista Porvenir, Arturo Moreno. Ya en la postguerra participó en las publicaciones de Consuelo Gil Mis Chicas, pero fue durante un período no muy largo ya que, a mediados de los años cuarenta dejó todas sus colaboraciones para centrarse en la dedicación plena a la colección Azucena de Ediciones Toray (1946-1971) a pesar de hacerlo con los niños en su falda, mientras entintaba. Para ella, dibujar tenía el sentido de la vida y de la poesía y de ella formaban parte sus hijos.

Rosa Galceràn participó activamente en la creación y formato del cuaderno de historietas de de más largo alcance en la historia del cómic español, según nos documentó en 1975 el historiador Juan Antonio Ramírez, que lo valora como la influencia pedagógica más fuerte recibida por las mujeres nacidas entre 1940 y 1960. 

Por supuesto, el contenido de cuentos de hadas de la colección fue adjudicado a la formación moral del espacio femenino, pero conviene distinguir que el fuerte componente tradicional de la pedagogía impuesta por el régimen se ejercía por medio de cuentos clásicos que preconizaban la bondad, la abnegación, el sacrificio y la obediencia, como virtudes femeninas obligadas, pero mantenían cierta diferencia con la pedagogía aun más peligrosa que detrás de una apariencia frívola y superficial mostraban las otras colecciones contemporáneas femeninas dirigidas a una nueva clase media en formación. La moda y el consumo, ligados a una fuerte ideología de clase, construyeron el patrón femenino del franquismo ideológico en el desarrollismo de los años 60 que nos adjudicó el nuevo rol de promotoras del consumo y celadoras del orden burgués bajo las convenciones banales.


El dibujo de Rosa Galceràn en los cuentos de hadas se aleja de la ligereza y vacuidad que más adelante se irán imponiendo como supuestas características del estilo femenino. Por el contrario, el trabajo de Galceràn tiene estructura y fuerza y una construcción dinámica de personajes. Rosa huye del abuso del primer plano -que tan típico de este género llegará a ser posteriormente- en beneficio de la potencia del discurso gráfico y podemos observar como aborda sin miedo la dureza o la obscuridad de líneas en la fuerza de sus fondos, especialmente narrativos y minuciosamente elaborados.

Su obra despertó la vocación de muchas lectoras que siguieron colaborando más tarde en la misma colección. Desgraciadamente las marcas características de su trazo fueron disolviéndose en sus seguidoras por la nueva concepción de femineidad marcada por la propia segregación del medio. En ella las trazas de género fueron imponiendo una prevalencia de la ingenuidad en la línea, el predominio de los blancos (vacíos) y los elementos decorativos simplificadores más ligados a la moda, los maquillajes, los peinados o los complementos, que a la narrativa y la profundidad en la construcción del dibujo.


Rescatar a Rosa Galceràn en la memoria colectiva es fundamental para desmontar la femineidad o masculinidad de trazos y géneros, al mismo tiempo que desvelamos como se construyen desde afuera las distinciones debidas al sexo de la autoría. Considero especialmente interesante su elección y espero que escogerla nos inspire. Deseo que rescatar su memoria refuerce nuestra capacidad de resistencia y de colaboración. De hecho, con ella, con la posibilidad de hacer realidad un Segundo Premio Honorífico, la AAC celebra haber llegado hasta aquí en un primer tramo de su consolidación.

Con Rosa Galceràn, con una autora fundamental en la historia del cómic español, celebramos compartir lenguaje y vocación, nos sentimos felices de homenajearla y recorrer, en su seguimiento, una trayectoria profesional tan importante para nuestra historia como referente para comprender las construcciones que produce el género en la segregación. Nuestro cariño y nuestro aplauso para ella.


Marika Vila

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